Sonorama Ribera 2025: soltad a los indies
Aranda de Duero volvió a convertirse en el epicentro absoluto del indie, de la fiesta y de la música en directo en nuestro país. Cinco días mágicos que arrancaron con los nervios y la expectación contenida del miércoles y que culminaron el domingo con la resaca emocional más bonita de todo el año. Porque el Sonorama ya no es solo un festival, sino que se ha transformado en el calor sofocante del agosto burgalés, el vino de la Ribera fluyendo por las plazas, los pogos infinitos bajo los manguerazos de la Plaza del Trigo y la magia inexplicable de meter a medio país en una ciudad pequeña que, durante una semana completa, late al unísono al ritmo de una misma canción.
Miércoles: El rugido del primer baile
El festival arrancó el miércoles sin contemplaciones ni periodos de adaptación, dejando claro desde el primer minuto que a Aranda se viene a dejarse la voz y a gastar la suela de las zapatillas. Nil Moliner se encargó de dibujar las primeras sonrisas colectivas gracias a su pop luminoso y contagioso, abriendo paso a una temperatura emocional que subió de golpe con Fermín Muguruza, encargado de aportar la dosis justa de rabia, compromiso y energía combativa sobre las tablas. Poco después, Alizzz demostró por qué es uno de los creadores más finos de la escena actual, desplegando una electrónica afilada y urbana que conectó de inmediato con el público antes de que INNMIR tomara los platos para cerrar la noche, transformando el recinto en una pista de baile gigante que confirmaba que la fiesta solo acababa de empezar.
ueves: Nostalgia canalla y estribillos de instituto
El jueves el festival sacó su lado más ecléctico, nostálgico y canalla, invitando al público a viajar en el tiempo a través de estribillos memorables. Los norirlandeses Ash desempolvaron sus himnos de rock noventero para demostrar que la distorsión elegante no envejece, mientras que Café Quijano regaló un sorprendente set homenaje donde Aranda entera cantó a pleno pulmón sus historias de barra de bar. La traca final de la jornada llegó con Viva Suecia, que volvió a confirmar su estatus de gigantes del indie patrio al encadenar un gran éxito tras otro, seguidos por unos Pignoise que desataron la locura colectiva demostrando que los himnos de instituto siguen funcionando como el primer día, dejando la guinda perfecta de la noche en manos de un infalible DJ Nano que demostró que los años solo refinan su idilio con las masas.
Viernes: El terremoto eléctrico
El viernes no fue una simple jornada de conciertos, sino un auténtico terremoto musical que se grabó a fuego como la noche más eléctrica y multitudinaria de toda la edición. La tarde comenzó con la calma mestiza y el duende de Chambao, un oasis de relax necesario antes de que estallara la tormenta con el regreso de La Raíz, cuyo combo encendió una rabia colectiva y festiva que hizo temblar los cimientos de Aranda. Siguiendo esa estela de energía desatada, Carolina Durante montó el pogo de rigor a base de guitarras descontroladas y letras ácidas, rematando una madrugada que se convirtió en un desfile ininterrumpido de puños en alto y suelo vibrante.
Sábado: Del viaje estelar al perreo culpable
El sábado el festival rebajó un punto las revoluciones de las guitarras para abrazar el pop en todas sus vertientes, firmando una jornada colorida e increíblemente intensa. Carlos Sadness nos subió a su nave espacial con su pop tropical e ideal para las primeras horas de la noche, dando paso a una Amaia que hipnotizó al público reinando en el escenario con su característica mezcla de carisma tímido, delicadeza al piano y una voz celestial. La locura estalló definitivamente con La La Love You, que montaron una auténtica fiesta dentro de la fiesta, antes de que Don Patricio pusiera el toque de perreo festivalero que muchos aseguraban que no bailarían, pero que terminó por poner a todo el recinto a mover la cadera bajo las estrellas.
Domingo: El adiós de una ciudad que nunca duerme
Como ya es tradición, el domingo el festival se mudó por completo al asfalto para despedirse de tú a tú en las calles con el público exhausto pero feliz. La Plaza del Trigo y los rincones del centro histórico volvieron a ser el corazón palpitante del día, donde el folk con raíces de El Nido, la psicodelia tropical de Cosmic Guacho y el torbellino flamenco-urbano de Queralt Lahoz demostraron la enorme diversidad que acoge este evento. Cuando las últimas notas dejaron de sonar, quedó en el aire esa melancolía flotante tan típica del último día, haciendo evidente que el Sonorama nunca se apaga del todo, sino que simplemente flota en el ambiente a la espera de escribir un nuevo y emocionante capítulo el año que viene. ¿Nos veremos?





















