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Biffy Clyro en Noches del Botánico: hay conciertos que se ven… y otros que se sienten

Hay algo especial cuando viene Biffy Clyro a Madrid. Incluso antes de que empiece la música. Ayer tardé un buen rato en llegar a mi sitio porque cada pocos metros aparecía alguien conocido. Amigos, músicos, periodistas, gente de otras bandas, promotores, fotógrafos… Al final acabas saludando a medio mundo y te das cuenta de que, alrededor de Biffy, siempre se reúne una pequeña gran familia. Me pasó hace unos meses en La Riviera y volvió a pasar anoche en Noches del Botánico. Supongo que es una de esas cosas que tienen las bandas que de verdad dejan huella: terminan creando una comunidad en la que, aunque no conozcas a todo el mundo, sientes que todos habláis el mismo idioma.

Y es que, además, hay pocos lugares mejores para ver un concierto que Noches del Botánico. Da igual cuántas veces vayas. En cuanto cruzas la puerta, el ruido de Madrid se queda fuera. Los árboles, el olor a verano, la cercanía con el escenario, la sensación de que todo sucede a la escala perfecta… Es uno de esos festivales que nunca ha necesitado hacerse el grande para ser enorme. Aquí las bandas no parecen estar de paso. Parece que vienen a pasar la noche contigo.

Confieso que me cuesta escribir sobre ellos intentando ser objetivo. Es una de esas bandas que llevan demasiados años acompañándome como para mirarlas desde la distancia. Hay grupos que te gustan. Y luego están los que forman parte de la banda sonora de tu vida. Biffy pertenece a esa segunda categoría.

Los escoceses llegaban a Madrid presentando Futique, pero sin olvidar todo aquello que les ha convertido en una de las bandas de rock más emocionantes de este siglo. Y lo demostraron desde el primer minuto, abriendo con The Captain y enlazando That Golden Rule, Match, y sin darte cuenta ya llegaban Biblical o una preciosa A Little Love casi sin darte tiempo a respirar.

El setlist fue un regalo para quienes llevamos años siguiéndoles. Sonaron himnos inevitables como Black Chandelier, Mountains, Machines, Different People, Bubbles o una Many of Horror final que convirtió al Botánico en un gigantesco coro. Pero también hubo espacio para canciones menos habituales como Cop Syrup, Hunting Season o Space, que demostraron que Biffy nunca ha sido una banda de vivir únicamente de los éxitos. Cada canción tiene su lugar, y todas parecen importantes cuando las tocan ellos.

Una de las cosas que más llama la atención en esta gira es cómo han conseguido convertir una situación complicada en algo bonito. La ausencia temporal del bajista original, James Johnston, por motivos de salud, se siente, porque Biffy siempre han sido tres amigos antes que una banda. Pero el grupo ha encontrado un equilibrio precioso sobre el escenario junto a Naomi MacLeod al bajo, los inseparables Mike Vennart a la guitarra y Richard «Gambler» Ingram a los teclados, además de una delicadísima sección de cuerdas formada por Ailbhe Catherine y Annemarie McGahon, que aporta una nueva dimensión a varias canciones sin quitarles un solo gramo de fuerza.

Y luego está Simon Neil.

Qué animal escénico. Qué manera de pasar de un susurro a un grito, de romperse por dentro y cinco segundos después provocar un pogo monumental. No hay impostura en él. Todo parece real. Cuando sonríe, sonríe de verdad. Cuando aprieta los dientes durante un riff, también. Hay músicos técnicamente impecables. Simon, además, consigue que te creas cada palabra que canta.

Ben Johnston merece un capítulo aparte. Verle tocar la batería es un espectáculo en sí mismo. Precisión, potencia y una sonrisa constante mientras dispara ritmos imposibles. Es fácil quedarse mirando solo a Simon, pero buena parte de la magia de Biffy nace detrás de ese kit de batería.

Quizá lo más bonito del concierto fue precisamente eso: comprobar que, después de tantos años, siguen tocando como si todavía tuvieran algo que demostrar. No hay piloto automático. No hay sensación de rutina. Cada canción parece importante. Cada aplauso lo reciben con agradecimiento sincero. Y eso, en una banda que llena recintos y encabeza festivales por todo el mundo desde hace tanto tiempo, vale muchísimo.

Cuando terminó Many of Horror, con miles de personas cantando aquello de «When we collide, we come together…», costó moverse. Nadie parecía tener demasiada prisa por abandonar aquel pequeño oasis que es Noches del Botánico. Porque hay conciertos que disfrutas. Hay otros que recuerdas. Y luego están los de Biffy Clyro, que se te quedan dentro durante días.

Anoche Madrid volvió a comprobarlo. Y yo, una vez más, salí con la sensación de haber visto a una de mis bandas favoritas hacer exactamente lo que mejor sabe hacer: emocionar sin necesidad de artificios. Porque cuando una banda tiene canciones así y las toca con esa honestidad, no hace falta nada más. Solo estar allí.

Crónica por: Daniel Claudin
Fotos por: Vega Halen

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